“Lo gris, lo verde… y la mente urbana. Una reflexión de José Manuel Rodríguez Pérez, nacida al hilo de las Jornadas de Jardinería Ecológica de AMJA celebradas este año, que invita a pensar la ciudad más allá de lo técnico: desde la mentalidad urbana y la relación entre lo construido, lo verde y la sociedad que la habita.”
Por José Manuel Rodríguez Pérez.
Es un sano y fructífero ejercicio, para los que en la mayor parte de su tiempo ejercemos la función de docente y a la vez de circunstanciales jefes de equipos, ponernos en el lugar de quien escucha, identifica lo sustancial, toma nota, contrasta lo novedoso con las ideas previas y permite a la mente y al corazón desplegar los avisos que dan para deshilar y rehilar el conocimiento de las cosas y del mundo y para visualizar las nuevas direcciones hacia donde encaminarse para mejorar como profesional y como persona.
En mi reciente participación como asistente (y con una decidida e inmejorable actitud de estudiante) a las jornadas sobre Jardinería Ecológica en Antequera tuve la ocasión de disfrutar de dos excelentes ponencias de cuyo contenido tomé notas, reflexioné mucho sobre la misma marcha y tras un corto tiempo de maduración de las numerosas líneas de pensamiento suscitadas he decidido poner sobre escrito algunas ideas y compartirlas por si son de utilidad.
Así, la idea que mayor fuerza se ha abierto paso en la reflexión general, realizada a partir de la escucha de las ponencias, ha sido la de la importancia y necesidad de gestionar con acierto el componente humano en toda la trama que suponen lo “gris” y lo “verde” en los sistemas urbanos, sus particularidades y su coexistencia e interrelación física, funcional y simbólica.
Todo se ha suscitado a partir de la pregunta de inicio realizada por el primer ponente. “¿Dónde llega la ciudad?” Nos ha invitado a responder. Mi respuesta al escucharla, para mis adentros y estando de acuerdo con lo que vino después, fue que donde llega la persona urbana. Hay que explicarlo.
El o la urbanita, en su diversidad, participan de un ideario integrado y consolidado que se interioriza en su pensamiento y su marco ético siempre desde un concepto determinado de lo que es una ciudad, su ciudad y la impronta que deja en sus ciudadanos y ciudadanas, provengan de donde provengan, y habitándola el suficiente tiempo. Si cambia o evoluciona dicho concepto, cambia el ideario y cambian las acciones de los habitantes de las ciudades que inciden sobre el espacio y sus componentes, estén donde estén.
Es el caso, por ejemplo, de quienes, al alojarse en una cabaña en un parque natural, le piden no sólo a este edificio sino a todo el entorno que recreen las condiciones de comodidad y seguridad de las que disfrutan en la ciudad y expresan baja o nula tolerancia a las temperaturas no controladas, a la presencia de fauna y flora de todo tamaño y grupo taxonómico, a sonidos y olores inesperados, a limitaciones en la comunicabilidad y la disponibilidad de suministros, así como poder desarrollar actividades urbanas fuera de su contexto (barbacoas, fiestas ruidosas, fútbol en las praderas,…). Así pues, en mi opinión, desde el punto de vista de la trazabilidad, lo urbano sobrepasa lo física y funcionalmente propio de la ciudad y su larga sombra es extiende bajo la forma de programa mental urbano.
A partir de este último pensamiento he transitado y llegado, especulativamente, a una generalización que creo interesante. La transformación global que requiere el actual modelo del hábitat urbano, más allá de su resolución técnica (ya disponible y que perfunde de arriba abajo en las dos ponencias) y de un argumentario filosófico (también ya armado y construido desde hace tiempo no sólo desde el pensamiento clásico sino también desde lo contemporáneo) debe comprender y asumir que sería un nefasto autoengaño pensar que se pueda realizar sin tener en cuenta el factor humano, que debe funcionar como soporte de un pensamiento mayoritariamente compartido y entendido a su favor.
Es decir, de la misma manera que existe un universal convencimiento, a día de hoy, de que es impensable adquirir un coche nuevo que no esté dotado de aire acondicionado (para los que pueden comprárselo), independientemente de las condiciones de la persona, es decir, de su edad, sexo, orientación sexual, religión, partido político, formación, nivel adquisitivo y alcurnia, empleo, aficiones y sensibilidad a la temperatura ambiente, un cambio tan importante como el que supone habilitar en un plazo razonable ámbitos urbanos en los que prime la salud física y mental de sus habitantes, la funcionalidad, el máximo autosostenimiento energético y material y su circularidad, la interconectividad interna y con los ámbitos agrarios, forestales y naturales del entorno, la belleza y la generosidad hacia sus habitantes futuros, tiene que estar sustentado necesariamente por una asunción y un convencimiento social que no dependa estrictamente de imposiciones normativas o sólo defendidas por instancias bienintencionadas pero desconectadas de lo que llamamos la vida cotidiana de las personas corrientes.
Conseguir esa conciencia general en las comunidades urbanas tiene además una serie de obstáculos que operan en su contra tanto de forma inconsciente como deliberada. Señalaré solo algunas y evitaré enredarme en lugares comunes que todos y todas conocemos.
- Me permitiré darle nombre a dos conceptos de la realidad que suelen producir un efecto muy negativo en los procesos de transformación de cualquier sistema o situación: el primero es el de “realidad especiada”, es decir, cuando la idea que se tiene de la realidad está dominada por una “especia” (elemento muy minoritario de un plato, pero con gran efecto) con la que nosotros u otras personas (de forma ciega o interesada) la salpimentamos y condena a un segundo plano el sabor de base mayoritaria y esencial de dicha realidad. Un ejemplo: “el otro día entraron en casa de una vecina y por eso es imposible que podamos abrir los patios traseros y hacerlos comunes como espacios verdes”. La especia es, en este caso, un suceso esporádico e inusual de allanamiento y la realidad una urbanización básicamente segura y que se beneficiaría grandemente con el nuevo enfoque antes que seguir autoconfinados en propiedades atrincheradas como si fueran a llegar hordas diarias de hunos o cosacos y se viviera en el contexto medieval que explica el hortus conclusus.
El segundo concepto es el de “realidosis”, esto es, cuando las convicciones de uno o una se aferran tan reciamente a la realidad (o lo que se interpreta que es) que no se deja espacio, en primera instancia, para lo soñado y para lo nuevo y, luego, se utiliza esa propia idea de lo que es la realidad para justificar la inacción. Una pasividad en relación al cambio que encubre muchas veces una agenda oculta más o menos inocente o claramente culposa.
- Existe un triángulo (que he construido a los solos efectos de esta comunicación, fruto de una gran simplificación y con nulo interés en resultar equidistante) integrado por tres tipos de servicios que ofrecen respectivamente tres componentes/agentes en la construcción de los sistemas urbanos, a saber:
- Arquitectura: cuida de las personas a través de las construcciones en las que se habita, se trabaja y se divierte, gestionando un componente esencialmente integrado por inertes. Su lema inicial es “el edificio no se caerá y funcionará cumpliendo su programa”. Su servicio general es propiciar el habitar la ciudad con felicidad.
- Jardinería: el mismo cuidado de las personas a través de los mismos espacios, pero en este caso gestionando las plantas, el bosque urbano y los elementos biológicos y programáticos asociados. Su lema sería “las plantas viven bien, los jardines se desarrollan y funcionan cumpliendo su programa”. Su servicio general es contribuir a la felicidad de vivir en la ciudad.
- Promoción de viviendas y edificios: autodefensa de los beneficios de una parte minúscula de la ciudadanía. El dinero y/o la influencia entran a espuertas y, si se puede, que nada le ponga límite. Su servicio general no es la felicidad común. Y los beneficios sociales que pueden plantearse, que los hay, son más medios o instrumentos que fines (por ejemplo, el empleo).
Podríamos preguntarnos a la luz de la visualización de este esquema conceptual, ¿por qué la ciudadanía se pone tantas veces del lado del promotor/a y de los que operan sinérgicamente con ellos o como si lo fueran si es el agente que menos piensa en ella?
- Arquitectos/as, paisajistas, jardineros/as, empresas suministradoras, gestores políticos, técnicos municipales…tienden a formar compartimentos estancos que, como es el caso de estas jornadas, se reúnen con cierta frecuencia para intentar convencer y convencerse de la necesidad de abrir y permeabilizar dichos compartimentos y trabajar de verdad de forma colegiada con un proyecto de ciudad y un ideario en mente común. Pero falta algo o esa es la impresión que da para que este esfuerzo tenga verdadero alcance y tangibilidad.
¿Cómo se pasa de las palabras y de las buenas intenciones que se quedan en el aire tantas veces a una consistente concatenación de acciones con efectos claramente orientados al cambio de modelo de habitar el territorio? Es verdad que existe un consenso tácito entre los diferentes agentes sobre la necesidad de miradas integradoras y de amplio marco. Aunque también que a la hora de la verdad seguimos manejando enfoques extremadamente parcelarios.
Propongamos algunas líneas de acción al hilo de todo lo dicho con anterioridad:
- La importancia del contexto mental colectivo. Muchas veces se justifican atrocidades e injusticias en la historia por el llamado contexto. Así, por ejemplo, Aristóteles no podría tener mejor concepto de la mujer (el suyo era penoso) por culpa o explicable por el contexto histórico en el que vivió. Epicuro casi coetáneo no pensaba igual. Pero, pese a considerar y tener en cuenta estos excesos encaminados a aligerar la crudeza de la historia, el contexto mental es tan poderoso y determinante, para lo bueno y para lo malo, que es imposible concebir un plan de transformación efectivo sin que forme parte de su ADN y sin que se planteen acciones para “editarlo genéticamente” en la dirección propicia a dicha transformación.
- Mientras no se consigue esto, deben abrirse brechas por las que permitir la perfusión de los nuevos modelos en una realidad por transformar y aprovecharse de las ventanas que ofrecen la participación en proyectos concretos en los que infiltrar las nuevas ideas y conceptos y servir de ejemplo y guía. Arquitectos/as, paisajistas y jardineros/as podemos hacer mucho en este sentido.
- La necesidad de articular los compartimentos estancos antes mencionados y con ello los subsistemas urbanos, como forma de asumir y gestionar la complejidad, pasa por habilitar y poner en uso tanto un sistema de herramientas operativas como de una filosofía práctica (un sistema moral entendido como el arte de vivir el día a día).
Algunas de las herramientas para esta articulación que más me interesan son:
- Una mejora en la formación técnica, no tanto para saber más de un tema como para conocer mejor los temas de los demás. Saber más implica, para que sea funcional, el seleccionar con precisión los conocimientos (curricula bien diseñado), facilitar y estratificar el acceso a estos (plan de acciones formativas bien programados) y optimizar la forma de transmitirlos (pedagogía bien desarrollada). Tres bienes para tres fases cruciales.
- Divulgación, información y sensibilización a todos los niveles no sólo de la ciudadanía en general muchas veces considerada ignorante, cortoplacista, manipulable y dominada por una emotividad irracional o por intereses egoístas y particulares. Esto significa que todos los agentes implicados necesitan de estas acciones, pues ¿quién no conoce arquitectos insensibles a la ecología urbana, biólogos desconocedores del hábitat urbano, jardineros atados física y mentalmente a la sopladora, desmochadores de árboles vocacionales?
- Educación en valores morales e instrumentales. Doble trabajo: aumentar el conocimiento y promover el pensamiento crítico, no el criticón. Esto es: formación en lo tangible y educación en lo intangible.
- Debemos todos y todas dedicar un especial esfuerzo en divulgar y hacer asequibles y comprensibles a todos los que no disponen de nuestros conocimientos (y ahí también cada uno o cada una debe incluirse para lo que no sea su área temática) dichos saberes, la ideas, las valoraciones del pasado, las perspectivas constructivas del futuro.
Siempre expongo un caso: si una empresa, un ayuntamiento, un grupo conservacionista, una academia científica, una escuela de paisajismo o jardinería o incluso una persona acreditada, por ejemplo, repartieran en los buzones de una calle poblada de árboles un folleto donde se explicara en las mejores condiciones de formato, contenido y tono cómo se deberían podar y no podar los árboles de esa misma calle, se prevendría buena parte de las salvajadas que se hacen cotidianamente con ellos, mejoraría la vida y la seguridad de los árboles y de las personas y propiedades y la calidad paisajística de la calle, se promovería una reactualización de los criterios de poda de los servicios municipales si fuera el caso, se seleccionarían las empresas y autónomos/as con formación acreditada para hacer estos trabajos combatiendo el intrusismo, se…podría seguir. ¿Y por qué no se hace esto, aunque al principio sea como simple experimento? Podría ser incluso una tesis doctoral o investigación a caballo entre sociología, antropología, paisajismo, jardinería y gestión de los subsistemas urbanos.
Finalmente, no debemos incurrir en el falso dilema entre el concepto de “el poder no lo va a hacer por nosotros, hagamos lo que buenamente nos dejen” (desafección y resignación que sólo permite cambios a muy pequeña escala) y el de “las administraciones son los que tienen que hacerlo y a mí que no me vengan con historias que para eso pago” (solipsismo insolidario y falta de compromiso con la vida y el bien en común).
No, no es propio de la condición humana el soportar las imposiciones sin más, si no es a base de miedo y de violencia, pero tampoco lo es el ser un parásito insolidario generacional e intergeneracional. Para muchos, oportunamente sacados del sopor, de la falta de fe en el ser humano y/o del cinismo, ser feliz (como aspiración factible) es serlo individual y comunitariamente, sintiéndose integrado en sistemas físicos y mentales que aspiren a la no dualidad, en entornos reales y virtuales que faciliten el desarrollo personal, la salud, la mutua ayuda, la generosidad y la creatividad para ser amables y sabios/as cohabitantes del planeta.
