La ciudad devora el espacio periurbano, el espacio rural se transforma como espacio periurbano; la naturaleza desaparece del medio de vida del ciudadano.

Los principales componentes del espacio inicial: la tierra vegetal, el espacio vegetalizado, desaparecen hasta el extremo que de esta moldura concéntrica sólo subsisten en el seno de las ciudades algunos sectores protegidos, algunas veces quiméricos.

El fenómeno no es nuevo, siempre ha sido así, sea cuales fueran los planes de organización espacial mantenidos por los urbanistas; sucede por la ocupación humana espontánea o por la presión económica de los constructores.

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Lille.-Francia

El fenómeno es catastrófico en algunas ciudades.

Tres importantes incidencias influyen sobre el medio:

*           La desaparición de la especie humana rural en beneficio de la especie urbana.

*           La desaparición de numerosas especies animales donde la supervivencia pasa exclusivamente por posibilidades de alimentación habitual.

*           La mutación del reparto de las especies vegetales, su desaparición o reintroducción voluntaria.

Estas especies son las que atraen nuestra atención, ya sea en acciones de concepto, de realización, de mantenimiento o de uso de las especies vegetales.

Los ciudadanos notan cada vez la naturaleza y su entorno más degradado, se percibe un deterioro sobre la fauna y la flora.

En el marco de esta gran mutación hacia la civilización urbana, los gestores sienten la necesidad de una organización espacial integrando al espacio el soporte de la naturaleza.

La integración en el tejido urbano en la concepción y la gestión del desarrollo de las grandes ciudades: PARQUES-JARDINES-ESPACIOS DEPORTIVOS y DE OCIO, cuentan con la inserción vegetal como imagen de carácter o diferenciación entre numerosas ciudades.

El vegetal interviene entonces garantizado por la conciencia colectiva de la presencia vegetal en la ciudad.

Nuestra aportación debe ser en cantidad y calidad de los espacios verdes.

La construcción y gestión de nuestras ciudades del futuro después de los años “de bienes de consumo” deben estar impregnadas de una “toma de conciencia” y una elección de nuevas prioridades que deben estar relacionadas implícitamente a la calidad de vida, a nuestro medio ambiente, a la vida y a la supervivencia del hombre en la ciudad.

*           Prioridad para una toma de conciencia sobre el medio ambiente que parte de decisiones y concepciones estudiadas y dinámicas.

*           Prioridad en un entramado de la ciudad con el vegetal, la naturaleza ha de constituir una referencia a partir de la cual se realicen las transposiciones para construir una ciudad de calidad.

*           Dar un nuevo valor a la ciudad donde el vegetal no intervenga como remedio, sino como calidad de base, elemento entre otros del vocabulario que utilizan los urbanistas y paisajistas.

*           Un nuevo valor que el constructor dé su sitio vital y necesario.

*           Prioridad para una observación permanente del vegetal urbano, de su plantación, su desarrollo, su crecimiento. La ciudad deberá ser el laboratorio de un medio todavía no explorado.

*           Un nuevo valor para la integración múltiple del vegetal; múltiple por el número, múltiple por las especies y variedades; múltiple por las formas y colores, prueba de participación al desarrollo cultural del hombre, prueba de perennidad de los espacios puestos en peligro por el monocultivo.

*           Un nuevo valor en la concepción y gestión, con la integración de la ecología urbana, dando lugar a una gestión menos sistemática, menos relamida, menos purificada.

Me estoy refiriendo a una nueva forma de mantenimiento y gestión de los espacios verdes urbanos con nuevos objetivos, entre otros:

*           La utilización plena y entera de la sensibilidad, el crecimiento, la cultura y la inteligencia del hombre jardinero, a fin de no proseguir hacia la construcción de espacios estereotipados.

*           Con voluntad de modificar el aspecto paisajístico de algunos de nuestros espacios por un acercamiento más ecológico, con intervenciones nada despreciables sobre la fauna, la flora y la interdependencia de la naturaleza con la ciudad.

*           Con una toma de conciencia de las dificultades económicas actuales de las colectividades locales que ven que sus posibilidades presupuestarias no crecen al ritmo de sus necesidades.

*           Con una integración de las nociones de evolución de la sociedad con un desarrollo de la civilización y del ocio, pero igualmente la noción indispensa­ble de asegurar un trabajo a todos los hombres.

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Por supuesto que estos objetivos precisan de medios y técnicas de puestas en obra. Este nuevo acercamiento no debe ser más que una reivindicación legítima del derecho y el deber a la reflexión.

–           Reflexionar antes de actuar, independientemente de todos los grupos políticos, económicos y culturales.

–           Evaluar las consecuencias sobre nuestro medio ambiente en cada una de nuestras decisiones de actuación. Es innegable que nuestras maneras de crear, de mantener, de modelar… tendrán múltiples incidencias sobre la calidad de vida de la población.

¿Redescubrimos principios o estamos pensando en una práctica aplicada intuitivamente? ¿No estaban estas nociones ya muy arraigadas en el espíritu de los paisajistas de los últimos siglos?.

Este acercamiento, esta metodología o esta filosofía (yo no se calificarla definitiva­mente) ¿No es la que anima hoy a nuestra sociedad?.

¿No es lícito considerar cada jardín, cada espacio verde como un ecosistema propio, teniendo un uso propio definido por los ciudadanos?.

¿No es lícito considerar cada espacio verde urbano como un medio que no necesita cada uno la misma intervención?.

Es verdad que estas reflexiones no pueden ser aplicadas por igual y que las problemáticas sobre el territorio son distintas:

–           Aquí la presión política (las corrientes verdes).

–           Allí la presión económica.

–           Y por otra parte las suertes climáticas.

Pero a menudo es agradable comprobar que la aceptación de los fenómenos medio ambientales es un “leifmotiv” común a todos.

En Inglaterra e Irlanda, o la concepción “a la inglesa” de los espacios, ha obligado a los jardineros a aplicar desde hace tiempo estos métodos.

En la Europa del Norte: Noruega, Suecia, Dinamarca, donde la toma de conciencia del medio ambiente es erigida como religión, es un hecho real.

En la Alemania Meridional y la Suiza alemana, por corrientes políticas verdes activas y una gran voluntad de las autoridades de limitar los gastos públicos y de las colectividades locales, se está aplicando.

En toda la zona mediterránea es donde las particularidades climáticas conducen a los responsables a muchas reflexiones, independiente de las anotadas para pensar en su aplicación.

Desde siempre las relaciones del hombre con el vegetal han sido guiadas por razones de:

Alimentación:            jardín, cultivos, zonas de pastoreo, lugares de caza y pesca…

Alojamiento:              madera, paja, hojas…

Energía:                     leña, carbón de leña…

Salud:                         medicamentos vegetales, herboristerías…

Defensa:                    armas, venenos…

Mientras por nuevos valores y prioridades tenidas en cuenta por ciencias tan variadas como la filosofía, la ecología, el carácter urbano, el arte, el derecho… nos encontramos tentados de:

–           Restablecer el lugar de los urbanos con la naturaleza.

–           Preservar nuestros lugares de vida de una degradación peligrosa.

–           Definir el acceso a la naturaleza como un derecho social.

–           Afirmar la ciudad verde como lugar de crecimiento de una escuela de libertad.

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–           Hacer las ciudades más armoniosas, más risueñas, más encantadoras, más confortables y más amenas para todos los ciudadanos.

Sin embargo, en períodos de crisis, el mantenimiento de los parques parece forzosamente demasiado costoso. A pesar de la degradación de los medios, hace falta cuidar la imagen de los espacios verdes, formar y motivar a los profesionales insistiendo especialmente en su “rol” público.

El empeño concreto para el mantenimiento de los parques y jardines de las ciudades debe ser la más hermosa de las motivaciones.

A la entrada del siglo XX, los procesos de decisión entre los actores implicados por los espacios verdes de una ciudad evolucionan y se dinamizan.

Existe en los últimos años un redescubrimiento de la naturaleza, una reimagina­ción, reacción contraria contra cierta imagen de excesiva urbanización.

La mayoría de los ciudadanos quieren tener espacios cerca de ellos “útiles y utilizables”.

Estos espacios son cada vez más demandados, son uno de los fundamentos de lo que hoy se entiende por calidad de vida.

No se trata de soñar con paraísos perdidos o reinventar una edad de oro que nunca ha existido, se trata de buscar entre el jardín clásico y el medio rural una tercera vía.

Esta tercera vía no sustituye a los jardines clásicos por “competencia”, esta tercera vía supone la constitución de un nuevo “saber hacer”.

Los jardines clásicos deben ser conservados tradicionalmente, son arte, una cultura que hace falta mantener, poner al día, modernizar y adaptar.

Pertenecen a nuestra historia y a nuestro patrimonio. La formación clásica del jardinero tradicional no debe desaparecer.

Esta “tercera vía” debe encontrar su sitio, allí donde sea posible, encontrándose con el medio natural habitual, con sus bosques, sus prados, sus zonas húmedas, sus lagunas, sus caminos, sus sendas… para conservar, para hacer vivir, utilizar y animar. La riqueza de nuestra flora entraña la riqueza de la fauna.

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Es necesario que las competencias de los Servicios de Parques y Jardines sean tomadas en cuenta en el esquema de organización de la ciudad.

La gestión diferenciada de nuestros espacios verdes viene marcada por la desmesurada ampliación de los mismos en los últimos treinta años, razones financieras, estéticas, formacionales y físicas de los sistemas tradicionales no se conservan, sin olvidar los factores culturales y sociológicos.

Cada espacio exige un nivel de mantenimiento en función de su naturaleza, de su situación y de sus funciones.

En algunas ciudades, el plan de ocupación del suelo prevé muchos espacios libres, frecuentemente ocupados por espacios verdes; en otras un encadenamiento de edificios, calles, áreas de estacionamiento continuo, dejando poco espacio a la naturaleza, hablamos lógicamente de ciudades minerales.

La existencia de lugares naturales potentes (ríos, relieves geológicos) permiten mantener una cierta vida salvaje en el medio urbano.

Según las ciudades existe un equilibrio o un desequilibrio entre los elementos vegetales y los artificiales o construidos. Se habla en lenguaje común de “ciudades grises o ciudades verdes”.

De hecho, los elementos naturales que subsisten en las ciudades son de dos tipos:

–           Conjuntos biológicos verdaderamente naturales en los cuales la intervención humana es débil y son constituidos por una gran proporción de especies indígenas: son los “islotes de naturaleza” en el seno de la ciudad.

–           Y los conjuntos biológicos cultivados, que para la mayor parte de los ciudadanos, son “naturaleza” en la ciudad. Estos han sido voluntariamente construidos por el hombre para “adornar” la ciudad y precisan una interven­ción humana a menudo fuerte, constituidos por muchas especies introducidas u obtenciones hortícolas.

Como sea, estos dos tipos de espacios albergan una gran biodiversidad vegetal y animal.

El público de una ciudad posee en general gustos diversificados y no aprecia mucho la uniformidad vegetal.

Una larga gama de vegetales nos permite dar respuestas estéticas en función de los diversos sectores de la ciudad, donde nos marquen los ritmos y las estaciones conviertiéndolos en pequeños acontecimientos estéticos en diferentes entornos urbanos.

Es importante utilizar la biodiversidad ampliando la gama vegetal durante todo el año, lo que nos posibilitaría disponer de floraciones diversificadas, coloraciones otoñales, o cortezas atractivas en período invernal.

Con ella beneficiaremos el interés técnico hortícola, la diversificación de las construcciones y de las especies vegetales empleadas, tiene muchos aspectos positivos entre ellos y permiten una protección fitosanitaria en la medida donde una plaga amenaza a una especie. La plantación de especies bien adaptadas constituyen una economía de costos de mantenimiento.

Un fuerte nivel de biodiversidad en la ciudad debe ser la concordancia con la diversidad de tipos de construcciones. Los espacios muy naturales, compuestos de varios estratos de vegetación, permiten el funcionamiento de un verdadero ecosistema “natural” urbano, así como el desarrollo de fauna diversificada.

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Se trata de multiplicar las formas de tratamiento de los espacios libres de la ciudad por el modo que ellos son concebidos y plantados, cada uno traduciendo una voluntad bien afirmada de realizar una obra con un estilo ecológico.

Como soporte pedagógico, está claro que la diversidad biológica es muy importante para las escuelas; observaciones de la fauna, de las diferentes especies vegetales, de distinción entre la flora autóctona y la cultivada, insectos sobre las floraciones, etc… Esto atenúa los efectos negativos de la vida en la ciudad y sensibiliza a las futuras generaciones hacia el placer de una ciudad equilibrada entre la importancia mineral de los edificios y las infraestructuras, y los espacios naturales más o menos organizados y controlados.

El medio ambiente es un tema transversal: obliga a asociar múltiples disciplinas, pero además, es indispensable que sean apropiados para diversos niveles individuales.

Estas pueden promover varios tipos de acciones, desde inventariar la biodiversidad natural y cultivada de su patrimonio, y deducir las especies más interesantes y valiosas, hasta el de mantener en estos espacios plantas olvidadas o locales: plantas ornamentales particulares dando tipicidad en algunas realizaciones (plantación de huertas, viñas, olivares, frutales…) recordando cultivos del pasado, contribuyendo así mismo a la conservación genética si se emplean tecnologías apropiadas.

Pueden orientarse en colecciones de animales o vegetales en vías de desaparición, los parques zoológicos, los jardines botánicos toman protagonismo entonces en esta misión conservadora en el sentido de la biodiversidad del término.

Preocuparse por la biodiversidad en la ciudad es una idea pertinente y seductora, pero hace falta inclinarse también a las condiciones y modalidades de su aplicación.

¿Cómo poner en marcha una investigación aplicada en este dominio?

La dificultad estriba en la separación de los medios culturales que deben intervenir en ello.

Las técnicas de construcción de las ciudades y de los gestores de los espacios urbanos participan en el dominio de la construcción, en la transformación del medio, de su humanización de cualquier manera, dominio que en teoría se opone al de la protección de la naturaleza nacido de una concepción naturalista del espacio que consiste siempre en una voluntad de no actuación y no transformación de los lugares.

Se denotan lógicas diferentes, algunas veces irreconciliables, dialogan poco.

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Jardineria urbana- Parterres-de-flor-

Pocos constructores apelan a las ciencias de la naturaleza y pocos naturalistas científicos intervienen en el medio urbano, los técnicos urbanos pertenecen a cuerpos de ingenieros o arquitectos encargados de poner en obra las tecnologías más adecuadas a las realizaciones concretas y no misiones para realizar estudios o aplicaciones científicas.

Sin embargo, la integración de la naturaleza en la ciudad debe ser un verdadero proyecto de la colectividad, un proyecto fuerte para lo cual habrá que movilizar las competencias de las estructuras internas. Un proyecto bien argumentado (la calidad de vida en la ciudad) y bien motivado para los servicios y sobre todo valorado por los responsables del proyecto y por las colectividades a que va destinado, siendo así puede ser portador de sinergías entre constructores, gestores de las ciudades y la comunidad científica implicada en las ciencias de la vida.

La cooperación científica es básica para la conservación de la biodiversidad, la gestión de los espacios naturales no está más que en sus principios, no se pueden deducir buenas prácticas de gestión si no se conocen los comportamientos biológicos de las especies.

Las cooperaciones son necesarias, el intercambio de tecnologías entre sectores muchas veces aislados entre ellos, exigen un trabajo común.

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Después de la fase de sensibilización sobre el interés de la naturaleza en la ciudad (esfuerzos pedagógicos, manifestaciones públicas, acciones de comunicación, actividades de las asociaciones…) es indispensable pasar a otra etapa que consiste en integrar las preocupaciones medio ambientales en los proyectos (diseñadores, constructores o gestores) a profesionalizar al mismo rango que los otros dominios de la actividad municipal.

Hace falta pues que, en el dominio de la naturaleza de la ciudad, sean integrados en parte en los equipos encargados de los proyectos de tratamiento de espacios naturales, especialistas de las especies vegetales y los biotopos estudiados.

Los temas medioambientales se acercan poco a poco a la cultura.

En la gestión de los espacios verdes, la calidad bien entendida es primordial, subjetiva por naturaleza, no se deja fácilmente definir, pero la calidad debe primar sobre la cantidad, aunque ésta exista.

Esto no es ciertamente fácil, pero el arte siempre ha estado entre los dominios de lo difícil. ¿Por qué no lo será para nuestros jardines y los del futuro? Por su vocación verdadera deben buscar satisfacer los deseos y necesidades de todos los usuarios cuando el sitio lo permite.

Hormigonar los jardines para que resistan y querer que presenten un aspecto natural revela cierta utopía.

La calidad de los jardines es también la de su entorno, su participación activa en el paisaje urbano, igualmente su animación, es decir los acontecimientos de los cuales ellos son el asiento.

Sobre el plan de “cantidad” hace falta en toda gran ciudad que los espacios estén bien distribuidos, en número suficiente, donde su superficie permita la polivalencia, es decir donde puedan realizarse todas las funciones atribuidas a este tipo de equipamientos públicos, con un “ambiente” y una animación que responda a los deseos de los usuarios.

La “calidad” de los jardines no deja de ser menos esencial, engloba a nivel de la concepción inicial y las renovaciones periódicas necesarias, los suelos y sus fundamentos esenciales en los vegetales, el agua, las circulaciones, los diversos materiales y equipamiento, pero también el arte de los diseñadores para crear un paisaje interesante, ocupable y diverso. Sin olvidar el mantenimiento de las plantaciones, pero igualmente el de los paseos, estanques y el equipamiento indispensable tanto para la frecuentación, como la animación.

Se hacen notar en la gestión de los espacios verdes fuertes reflexiones sobre el uso de productos químicos (herbicidas principalmente).

No es inútil señalar que somos aplicadores/utilizadores de una cantidad extremada­mente importante de productos de la química medio ambiental.

Conjugar nuestros esfuerzos de reflexión y los de los investigadores químicos conduce a una evolución benéfica de las moléculas para los medios (agua, suelo y aire).

Seamos lo más ecológicos posibles y sustituyamos las pulverizadoras por las desbrozadoras, a la larga la ciudad y los ciudadanos nos lo agradecerán.

SEVILLA MAYO 2001