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Si nos fijamos veremos que los elementos naturales no están dispuestos en la Naturaleza de una forma arbitraria o aleatoria, sino que se agrupan y relacionan en el tiempo y en el espacio de una manera determinada, conformando unidades más o menos definidas en las que se establecen lazos, a veces muy sutiles, de interdependencia.

En cualquier territorio natural o seminatural que observemos subsisten de forma más o menos patente una serie de complejos sistemas de relaciones que pueden ser analizados a distintas escalas, yendo desde la simple charca de carácter estacional o un tronco caído en descomposición (donde viven especies xilófagas que comen madera), hasta un gran bosque o una red hidrográfica completa.

Concurren por tanto en el medio natural una serie de condiciones y características abióticas que componen lo que se ha dado en llamar biotopo (espacio limitado donde vive una biogénesis) en el que se asientan y persisten un conjunto de poblaciones de diversas especies de seres vivos que componen la biocenósis (sistema biológico firmado por poblaciones que habitan en un biotopo). Biotopo y biocenósis forman el ecosistema.

La tendencia de aparición de las mismas o similares especies, en medios con características abióticas semejantes, permite la caracterización y sistematización de los ecosistemas.

El hombre es un elemento más de la naturaleza, ha actuado desde siempre sobre los sistemas de relaciones establecidas entre los organismos y el substrato inorgánico en el que viven, pero de distintas maneras, en distinto grado y con distintos objetivos. Casi siempre sus acciones han estado dirigidas a la modificación de las interrelaciones existentes con objeto de obtener “beneficios” del medio natural a su alcance.

Tales modificaciones, de carácter poco significativo y de fácil reequilibrio en un principio, han llegado con el tiempo a ser tan sustanciales como para terminar en determinados casos con la destrucción de los equilibrios naturales y el agotamiento de los recursos.

Debido en gran medida a su variedad fisiográfica y climática, existen una diversidad de ecosistemas, afectados en mayor o menor intensidad con cicatrices de abusos y las huellas del uso actual por el hombre.

Se hace imprescindible un uso respetuoso del medio en unos entornos tan humanizados como los nuestros, donde la demanda de naturaleza y aire libre crece paralelamente con la presión demográfica y urbanística.

En un pinar de montaña nos encontramos unas especies características del ecosistema con vegetación específica, hongos y fauna diversificada, aves insectívoras, reptiles y mamíferos.

Los encinares forman parte de la vegetación esclerófila mediterránea (vegetación de hojas duras, coriáceas) con un acompañamiento vegetal distinto tanto en la dehesa como en el monte bajo nos aparecen otras especies vegetales, diferentes matas y plantas herbáceas, hongos distintos y fauna distinta que se alimenta entorno a la encina, insectos perjudiciales y pájaros insectívoros junto con otras aves de presa. El encinar forma el más típico paisaje natural español, por lo que su conservación debe ser una regla básica para todos.

El melojar, los sotos y riberas con sus bosques de galería al lado de los arroyos y torrentes con vegetación ligada a la presencia del agua, donde aparecen los peces, las culebras, los moluscos y caracoles, los galápagos, las ranas, las garzas, etc… no podemos dejar secos estos espacios naturales ni permitir que se contaminen con herbicidas, funguicidas y productos tóxicos de vertidos industriales, debemos mantener limpias nuestras aguas ya que ello repercute en nuestro bienestar individual y colectivo.

En las zonas altas de montaña aparece el matorral de altura con una vegetación densa y achaparrada, rastrera, aparecen los brezos, los enebros rastreros…

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Los pinares de pino piñonero, con producción de piñones, son un elemento fundamental de nuestro paisaje, siendo este ecosistema uno de los tipos de monte preferidos por el hombre para buscar contacto con la naturaleza. Allí nos aparecen los cantuesos, los romeros, los tomillos, los escobones, los madroños, las cornicabras y los lentiscos, los hongos son distintos, su fauna igualmente.

También de los árboles y recursos encontramos vegetación y fauna características. Cada ecosistema, en su estado actual, es fruto de una serie de factores y circunstancias que han actuado en el tiempo y en éstos ha tenido una influencia decisiva la mano del hombre. El paisaje era muy distinto del actual, el fuego, el pastoreo, la agricultura lo han cambiado.

Sin olvidarnos de las zonas húmedas rodeadas de una vegetación característica y en la que el agua se encuentra a poca profundidad, el carrizo, la enea, el junto, el lirio amarillo, los sauces, los tarajes, etc… junto con especies distintas de avifauna, la polla de agua, la focha común, la cerceta y muchas aves migratorias que aparecen y desaparecen en distintas épocas del año, las cigüeñas, las garzas, las cigüeñuelas, etc…

Saucedas y alamedas con exigencia de niveles freáticos constantes, las olmedas-fresnedas que nos exigen, aunque a niveles superiores, un nivel freático próximo. Los lentiscares que viven en todas las zonas deprimidas del Mediterráneo, los alcornocales, formaciones boscosas en terrenos frescos y profundos, algunas veces mezclados con los pinos, en zonas más secas el encinar con un matorral más xérico mezclado con palmitos, arrayanes y lentiscos, sin olvidar los jarales, masas arbustivas que sujetan las tierras en las serranías de Huelva.

Un ejemplo clásico de árbol con ecosistema propio es el pinsapo, donde de forma natural se propaga en enclaves determinados de la serranía de Ronda, se trata del abeto más meridional de Europa, pariente de los que se encuentran en Rusia, en los Urales. Los encontramos en los bosques de Ronda, Yunquera y Tolox, en la sierra de las Nieves y en los bosques de Genalguacil o en la sierra del Pinar de Grazalema y Benamahoma, donde crecen en las umbrías vertientes de estas montañas.

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EL CAMBIO GLOBAL SE OBSERVA

El cambio global que se observa tiene efectos sobre la vida de la Tierra, de esto no cabe duda. Algunos de estos efectos los veremos en el futuro y algunos ya los estamos viendo ahora.

Lo que definimos como cambio global no es sólo un cambio climático, sino también un cambio biótico.

En lo que hace referencia al cambio climático, ha habido un calentamiento global en las últimas décadas promovido por el comportamiento de los seres humanos.

Por lo que hace al cambio biótico, es decir en la flora y fauna, se han visto afectadas muchas especies. Las mariposas se han apartado de sus hábitats, algunas especies de peces se han desplazado de sus hábitats marinos.

El cambio climático todavía no hace ruido pero estamos notando sus primeras señales audibles. Esto plantea problemas en muchas especies que, al tener que abandonar sus hábitats, no tienen donde ir porque los alrededores están llenos de seres humanos.

La introducción de especies pueden ser positivas o negativas. Las especies invasivas son un peligro especialmente en las islas. Son una amenaza para la biodiversidad.

Los seres humanos, como gestores de la tierra, debemos tomarnos estos aspectos con mayor seriedad.

Cualquier introducción es culpable mientras no se demuestre lo contrario.

El material biológico puede escapar fácilmente de nuestro control, una vez esto pasa, tenemos el problema añadido de tiempo, dinero y energía.

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La biodiversidad local esta perfectamente adaptada al clima del lugar, su mantenimiento es menos costoso, no hacen falta cuidos especiales para que sobrevivan y se desarrollen. Principalmente se trata de un problema cultural.

El vehículo de combustión interna ha sido una invención terrible porque ha destruido la ciudad como elemento de encuentro. No podemos obligar a la gente, la gente tiene que ser libre, pero consciente.

Con un diseño correcto podemos conseguir un equilibrio entre necesidad de desplazamiento y respeto ambiental.

Cuando no se ha pensado en esto, cuando llega el problema, puede ser demasiado tarde. El transporte público es limitado y el coche privado se ha convertido en el rey de la ciudad. Es difícil la solución e hipoteca el futuro.

Ya no se oyen ni grillos, ni cigarras, ni langostas, ni pájaros, en la ciudad la sonoridad ambiental está dominada por el ruido de los motores, la ausencia de fauna silvestre o espontánea, si se produjera, con toda probabilidad generaría, bien seguro una determinada zozobra.

 

La ciudad a pesar de su artificialidad, dispone de una notoria diversidad de fauna silvestre, generalmente poco aparente. Es ésta una de los mejores bioindicadores de la calidad medio ambiental de la ciudad.

El soporte básico de los vertebrados, los pájaros que viven en la ciudad, son los jardines y el arbolado viario, lugar de cría y refugio y también de alimento. Los setos son un otro lugar de refugio.

La variedad de especies vegetales ornamentales que se distribuyen por toda la ciudad multiplica la diversidad estructural que soporta la población faunística, lo que revela que una ciudad virtuosa en jardines asegura la biodiversidad faunística, lo que quiere decir que uno de los caminos para mantenerla es la conservación e incremento del verde urbano.

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LA BIODIVERSIDAD

El término “biodiversidad” se ha inventado hace muy poco, significa simplemente biodiversidad biológica, un fenómeno en el que todos estamos familiarizados.

En la vida, hay muchos tipos de organismos que se organizan en comunidades muy diversas. Pensemos por ejemplo en las diferencias que entre un bosque y un desierto.

Últimamente vemos que el término biodiversidad sale con frecuencia en las páginas de los periódicos porque parece que se están extinguiendo algunas especies a un ritmo mayor del que se podría esperar si sólo actuaran las fuerzas de la naturaleza.

De hecho, la acción del hombre tiene mucho que ver en este asunto. La pregunta clave es: ¿qué puede pasar si perdemos tantas especies?, o bien, si perdemos la biodiversidad ¿qué más perdemos?.

La destrucción de los hábitats, principalmente en los trópicos, esta provocando cada año la extinción de miles de especies que existen en el planeta. Las consecuencias serán terribles a menos que se invierta esta tendencia.

La especie humana apareció en el momento de mayor diversidad biológica que ha conocido la historia de la Tierra. Hoy en día, a medida que las poblaciones se extienden y alteran los ambientes naturales, se está reduciendo la diversidad biológica a su nivel más bajo desde hace muchos años, millones de años.

Aunque son imposibles de calcular, las últimas consecuencias de este proceder de colisión biológica serán, sin que quepa la menor duda, perniciosas para la humanidad. En esto consiste esencialmente la crisis de la biodiversidad.

En cierto modo, la pérdida de diversidad constituye el proceso principal de cambio ambiental y lo convierte en un proceso que es irreversible. Sus consecuencias son impredecibles porque el valor de la flora y la fauna consideradas conjuntamente siguen en gran medida sin estudiar y sin apreciar.

Podemos afirmar que cada país tiene tres tipos de riquezas: material, cultural y biológica. Las dos primeras las comprendemos perfectamente pues son la base de nuestra vida cotidiana. La última, la riqueza biológica, se toma mucho menos en serio, lo que constituye un grave error estratégico, un error que cada vez lamentaremos más con el transcurso del tiempo. Por un lado la flora y la fauna forman parte de la herencia de un país, fruto de millones de años de evolución y, por ello, motivo de preocupación nacional como lo son las peculiaridades de su lengua y de su cultura.

Por otro lado, son una fuente potencial de inmensas riquezas materiales, sin explotar muchas de ellas, en forma de alimentos, medicinas y otras substancias de interés comercial.

Resulta singular, habida cuenta de la interdependencia entre los humanos y las demás especies que habitan el planeta, que el estudio de la biodiversidad se halle todavía en mantillas.

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A pesar de que la sistemática es una de las dos disciplinas formales más antiguas de la biología (la otra es la anatomía), ni siquiera sabemos el orden de magnitud del número de especies de organismos que hay en la Tierra. Algunos especialistas las cifran en 1.400.000, que han recibido el nombre científico latinizado, sin embargo hasta las conjeturas más cautas sitúan el número actual de especies en cuatro millones o más, lo que supone doblar de lejos las descritas hasta la fecha y hay quien cree que el número es mucho mayor.

Sólo algunos ejemplos, ácaros y hongos son grupos tan sumamente ricos como poco exploradores. Se admite que en los fondos de los grandes abismos oceánicos albergan cientos de miles de especies, muchas de las cuales siguen sin describirse. Continúan apareciendo nuevas especies de aves a un ritmo medio de dos por año, más de la mitad de todas las especies viven en las selvas tropicales húmedas, las pluriselvas. Pero éstos ecosistemas sólo ocupan un 6% de la superficie terrestre y se hallan en zonas cálidas donde la pluviosidad es de 200 cm. anuales, los árboles suelen disponerse en dos o tres capas horizontales formando bóvedas arbóreas de más de 30 m. del suelo, las copas de los árboles dejan pasar poca luz solar al suelo de la selva, lo que inhibe el crecimiento del sotobosque y crea grandes espacios libres donde es relativamente fácil andar. La mayoría de las especies del planeta viven en estas pluriselvas tropicales, allí se concentran dos grupos abrumadoramente ricos en especies: los insectos y las plantas fanerógamas, aunque existen otros ambientes que también acumulan una gran riqueza de especies: arrecifes coralinos, llanuras abisales de los océanos, matorrales de Suráfrica y de Australia; aunque las pluriselvas los superan con ventaja.

Los biólogos tropicales nos cuentan anécdotas sobre la prodigiosa variedad de especies en estos hábitats. En una sola planta se han llegado a recolectar 43 especies distintas de hormigas; en 10 parcelas de 1 hectárea se encontraron más de 700 especies distintas de árboles, en dos parcelas de una hectárea el profesor Alwyn, del Jardín Botánico de Missouri, identificó 300 especies de árboles.

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¿Por qué razón se ha multiplicado la vida con tamaña exuberancia en ciertos lugares, muy pocos, como las selvas tropicales?.

No hace mucho que se suponía que cuando coexistía un gran número de especies sus ciclos biológicos y sus redes tróficas se entrelazaban de manera que el ecosistema adquiría mayor robustez, era la hipótesis de “diversidad- estabilidad”, sin embargo en los últimos 30 años ha dejado paso a un escenario invertido de causa-efecto que podía denominarse hipótesis de “estabilidad- diversidad”. Las especies se regeneran cuando el ambiente permanece lo suficiente estable para permitir su evolución durante dilatados períodos de tiempo. Sabemos ahora que las biotas- conjunto de todos los seres vivos de una región- como los castillos de naipes pueden desmoronarse como respuesta a perturbaciones más o menos importantes del ambiente físico.

La historia de la diversidad global queda reflejada en la diversidad que presentaron en un momento dado los animales marinos, el grupo mejor representado en el registro fósil, el lento progreso de la diversidad biológica a través del tiempo a aumentado lentamente hasta su máximo actual, el mayor de todos los tiempos, sin embargo y como resultado de la actividad humana, está decayendo a un ritmo sin precedentes.

La diversidad biológica es difícil de conseguir y tarda mucho en llegar.

En el período Cretácico, con mucho el más famoso, dio al traste con la edad de los dinosaurios y cedió la hegemonía a los mamíferos y, finalmente para bien o para mal, hizo posible el origen de nuestra propia especie.

En otros períodos, el Pérmico, hace 240 millones de años, causó la extinción de un 77 a un 96 % de todas las especies animales marinas.

Se necesitaron 5 millones de años para que la diversidad de especies empezara a recuperarse.

Es evidente que la recuperación con tiempo suficiente es posible. También es cierto que en algunos casos pueden desarrollarse rápidamente nuevas especies.

En los últimos 10.000 años la diversidad biológica ha entrado en una era completamente nueva de la turbulenta historia de la vida sobre la Tierra. La actividad humana ha tenido un efecto devastador sobre la diversidad de las especies y la tasa de extinciones inducidas por el hombre se está acelerando.

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La presión más fuerte se ha ejercido hasta ahora sobre las islas, lagos y mares junto con otros ambientes aislados y netamente delimitados. La mitad de las especies de aves de la Polinesia han sido eliminadas por la caza y la destrucción de los bosques autóctonos. Mucha flora de las islas del Atlántico Sur se ha perdido para siempre al ser desforestadas. Cientos de especies de peces endémicas del lago Victoria, antaño de gran valor comercial, están amenazadas de extinción tras la negligente introducción de una especie de pez, la perca del Nilo. Sería larga la lista de desastres biogeográficos.

La selva se ha reducido aproximadamente al 55% de su extensión original, y sigue menguando a un ritmo que supera los 100.000 Km2 por año. Esta cifra supone un 1% de su extensión total, algo así como Suiza y Holanda juntas.

¿Qué comporta esta restricción del hábitat en la diversidad específica?.

La teoría sostiene que el número de especies fluctúa alrededor de un valor de equilibrio. El número se mantiene más o menos constante a lo largo del tiempo porque la tasa de inmigración de nuevas especies compensa la tasa de extinción, de modo que la diversidad permanece bastante constante.

Si tomamos una cifra muy prudente de dos millones de especies confinadas en las selvas, la pérdida global que resulta de la deforestación podría ser de 4.000 a 6.000 especies por año. Ritmo que es del orden de 10.000 veces superior a la tasa natural de extinción de base que existía antes de la aparición del hombre.

¿Cuánto tiempo tardan las especies de un hábitat que ha visto mermados sus límites, o ha quedado destruido, en extinguirse?.

Lógicamente, depende de la cuantía del fragmento de hábitat que ha quedado indemne y del grupo de organismos afectados.

Algunas veces se extinguen rápidamente. Otras sobreviven cierto tiempo, como “muertos vivientes”. Un gran número de especies se concentran en zonas muy limitadas, si se destruye su dominio desaparecerán de inmediato.

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Los ecologistas han empezado a acotar lo que llaman ellos “puntos calientes” en todo el mundo; hábitats que son ricos en especies y que se hallan en peligro de destrucción inminente. Otros biólogos han clasificado de forma similar algunos retazos de bosques templados, matorrales, arrecifes de coral, lagos, antiguas cuencas hidrográficas, muchos crustáceos e invertebrados endémicos se ven amenazados por los crecientes niveles de contaminación de los lagos donde viven.

La flora y la fauna a nivel mundial está amenazada por un lado por la desforestación y por otro por el calentamiento climático provocado por el efecto invernadero. Por un lado la pérdida de hábitats en la flora y la fauna tropical, y por otro el caldeamiento climático puede tener mayor impacto en las regiones templadas y frías que arrasaría reservas naturales y áreas de distribución de especies enteras; muchos animales y plantas no podrían migrar con la rapidez suficiente para persistir.

El problema revertiría gravísimo peligro para las plantas que son relativamente inmóviles y no se dispersan tan fácilmente como los animales. La capacidad de dispersión de las plantas es lentísima, en algunos casos 20 Km. por siglo.

La mayoría de los ecólogos consideran que cada episodio de extinción de una especie debilita la humanidad.

Sin diversidad no hay selección (ni natural ni artificial) de organismos adaptados a un determinado hábitat que después experimenta cambios. La diversidad de especies es uno de los recursos principales e insustituibles del planeta.

Pecaríamos de ingenuos si pensáramos que la humanidad sólo tiene que esperar mientras la selección natural vuelve a llenar los espacios vacíos de la diversidad creados por las extinciones en masa.

Después de la gran extinción del Cretácico, pasaron de cinco a diez millones de años antes que la diversidad tornara a sus niveles originarios. A medida que las especies desaparecen, debido en buena parte a la destrucción de sus hábitats, la capacidad de regeneración genética natural se ve muy mermada, “estamos causando la muerte del nacimiento”.

Las especies silvestres de los hábitats naturales se cuentan entre los principales recursos que cuenta el hombre; hasta ahora son los menos utilizados. Sólo menos del 1% de la décima parte de las especies naturales son explotadas por el hombre, mientras que el resto sigue sin probar y en barbecho.

A lo largo de la historia el hombre ha utilizado para su alimento unas 7.000 especies vegetales; en la actualidad se conforma con una veintena: trigo, centeno, mijo y arroz entre otras, plantas que encontró el hombre en los albores de la Agricultura.

Las especies silvestres, vegetales y animales encierran enormes reservas de productos potencialmente valiosos, tales como sustitutos de fibras y de petróleo. Unas producen aceites como algunas palmeras, otras como los “príncipes” alcaloides de extraordinaria eficacia contra la leucemia linfocítica y la enfermedad de Hodgkin. En Madagascar hay cinco especies de “príncipes” pero ninguna ha sido objeto de estudio.

La diversidad biológica, que se está deteriorando a pasos agigantados, sufrirá pérdidas masivas si se mantiene al ritmo actual.

¿Hay medidas para retardar el proceso de extinción y a largo plazo poder detenerlo?.

La respuesta es un cauto “sí”, tanto los países desarrollados como los que están en vías de desarrollo deben tomar conciencia de la necesidad de protección de los hábitats naturales, sobre todo en los países donde la pobreza y la elevada densidad de población amenazan los últimos valuartes de los territorios vírgenes.

Nuestras actividades actuales ponen en peligro la responsabilidad de gestionar el uso que los humanos hacemos del planeta Tierra. Por nuestra condición de especie de implantación global estamos transformando el planeta. La administración responsable, reflexiva e inteligente de la Tierra constituye uno de los grandes retos que ha de encarar la humanidad a las puertas del siglo XXI.

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¿Cuán grande debería ser la diversidad de especies que nuestro mundo ha de mantener?.

¿Deben imponerse límites al tamaño o la tasa de crecimiento de la población humana al objeto de proteger el medioambiente global?. ¿Qué grado de cambio climático es aceptable?. ¿Cuánta pobreza?. ¿Deberíamos pensar en las grandes profundidades oceánicas para verter en ellas los residuos peligrosos?.

La ciencia puede arrojar luz sobre estas cosas pero no resolverlas. Hemos de ser nosotros quienes decidamos las respuestas; a nuestros nietos les tocará vivir las consecuencias. Pobres y ricos tienden a conceder muy diferentes valores al crecimiento económico y a la conservación ambiental.

La Comisión Mundial de Ambiente y Desarrollo describe el desarrollo viable como el conjunto de vías de progreso económico, social y político que atienda “las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”.

Y es aquí donde aparece otra palabra mágica: “la sostenibilidad”, una palabra compleja de muy difícil definición.

Nosotros la entenderemos como término de lucha contra la contaminación, el consumo y la destrucción de recursos naturales y el desgaste medioambiental de nuestro planeta, evitando la explotación descontrolada de los recursos naturales y realizando un desarrollo compatible con el medio natural.

La sostenibilidad no es ningún dogma, ni un discurso retórico, que es lo más actualizado, ni una fórmula mágica. Debe ser un proceso inteligente de autorganización que se va aprendiendo paso a paso mientras se desarrolla. Lograr que nuestro desarrollo sea sostenible está en nuestras manos, asegurándonos las satisfacciones del presente sin comprometer la de las futuras generaciones.

Hemos de ser conscientes de que los procesos de degradación nos afectan a todos, tomar conciencia de las soluciones a adoptar para que los ecosistemas que generamos mejoren el nivel de vida del planeta.

La Tierra no podrá aguantar indefinidamente el impacto de la acción del hombre.

La forma de crecimiento y consumo que aporta nuestro mal entendido desarrollo que opera como única referencia de progreso, debe ser modificado en muchos aspectos.

No se trata de desarrollar un catastrofismo a ultranza, pero sí de tomar conciencia de la ineficacia actual en la forma de actuación de las administraciones, las empresas públicas y privadas y de nuestra sociedad en general desde el punto de vista ecológico. Si entendemos el respeto y la solidaridad como elementales no podemos seguir construyendo ciudades a nuestro aire a costa de prohibir a los otros el acceso a condiciones de vida como las que creamos para nosotros.

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Ecologia humana

En apenas dos siglos, desde los inicios de la Revolución Industrial, se ha modificado sustancialmente el medio ambiente urbano a ritmo vertiginoso. Convivimos con un cambio climático, con el agujero de la capa de ozono, con la pérdida de la diversidad biológica y los recursos genéticos, con nuevas enfermedades asociadas a nuevos estilos de vida, un creciente número de trastornos mentales y con el progresivo deterioro de nuestros entornos urbanos.

La población mundial y el consumo de recursos naturales irrecuperables han crecido a ritmo frenético. La polarización entre países ricos y pobres ha aumentado, el paro estructural está colonizando varias regiones del planeta, y donde esto ocurre de forma más habitual y familiar es en los sistemas urbanos de nuestras ciudades, que han crecido mal y demasiado deprisa.

Frente a estas certezas se plantean dos soluciones: una gestión orientada al consumo y una gestión ambiental para la conservación de las ciudades. La gestión del consumo tiene una dimensión y perspectiva a largo plazo, en las que las cuotas de consumo son en función de la conservación.

“Es un poco difícil llegar a la sostenibilidad en un contexto donde el crecimiento es ilimitado y casi una religión y el consumo la fe que lo alimenta”.

John E. Young.

 

Sevilla abril 2002