
Para finalizar el año un poco de poesía sobre los árboles que han sido los protagonistas de la vida cotidiana
Si cortas un árbol, matas una vida. Si salva un árbol, salva una vida.
Si plantas un árbol, siembras una vida.
Los árboles traen verdor y el verdor trae felicidad
Por lo tanto, es importante que salvemos los árboles que tenemos para mantener el equilibrio ecológico y también debemos plantar más y más árboles para salvar la destrucción de la vida en esta tierra.
Guardar un árbol
- Plante un árbol y obtenga aire gratis
- Si corta un árbol, corta una vida
- El árbol es su amigo
- Siéntase libre de plantar un árbol
- Los árboles son las raíces de todos los seres vivos
- Un árbol que se queda, una vida que se queda
- Proteger los árboles que nos protegen
- No hay vida sin arboles
- Aire fresco de un árbol déjenos se
- Cuidémonos de los árboles, ellos cuidarán de nosotros.

NO ME CORTE, SEÑOR DE FERNANDO CARMONA
No me corte, señor,
Baje su hacha,
No, lo haga, por favor,
Se lo suplico,
Hágase un buen favor,
Salve su raza,
Mire a su alrededor,
Somos poquitos.
Cada árbol cortado
Es menos agua,
Es menos aire puro,
Es menos vida,
Más c
Más inseguro
El suelo erosionado
Día tras día.
Cada golpe de hacha
Sobre un árbol
Es un paso de más
Hacia el desierto,
Es aumentar la sed
De los sedientos,
Incrementar el hambre
A los hambrientos.

No me corte, señor,
Observe el valle,
El río cada vez baja más seco,
Ya pocas aguas
De los cerros caen
Y mucha escoria
Arrojan a su lecho.
Aunque usted no lo sepa,
Buen amigo,
Que a asesinarme
Viene tan dispuesto,
Por cada árbol
Que cayó abatido,
Murieron muchos
Centenares de aves,
Y el bosque mismo
Va quedando muerto.
No me mate, señor,
Y no se mate,
Sienta el calor del sol
Como se abate
Con furia cada vez
Más destructora
Sobre el nevado
Que se achica y es
Apenas ya una lágrima
De dioses,
Que hoy nos dice
En silencio sus adioses,
Para ser peñón íngrimo después
No me corte, señor,
Baje su hacha,
Mire que soy
La vida de su raza,
Mire que el árbol
Le regala el agua,
Le ofrece el aire,

LE brindo una cuna,
Le enciende hogar
Y le prodiga casa.
Los árboles son
Junto con el hombre,
Actores silenciosos
De la historia.
Los carretones
Que llevaron todo
A todas partes
Entre horror y glorias,
De árboles fueron hechos,
Los barcos que surcaron
La mar brava,
De norte a sur,
De oriente hacia occidente,
Llevando a los vikingos
Y a Colón
Y a Ponce de León
Tras de su fuente
De eterna juventud
Y de riquezas,
De árboles fueron hechos.
El árbol se hace historia
En el papel
Y en el papel
El hombre hace su historia,
Entonces, hombre,
No borres tu gloria
Matando al árbol
Que te da la vida,
Mejor siembra más árboles
Y ahora,
Enfila tu valor y tu tesón
A conquistar
el agua y el oxigeno
En el reverdecer de nuevas floras.

POESIA DE FIEDRICH NIETZSCHE
Un árbol
«Un árbol nos recuerda que para crecer hacia lo alto,
hacia lo espiritual, lo abstracto, es necesario estar bien arraigado en la tierra,
en lo concreto, en la materia.
Es al igual que el ser humano, un ser que une cielo y tierra.
Es el portador del fruto acabado, y al mismo tiempo,
está en pleno proceso de desarrollo.
Nosotros, como seres humanos,
somos la máxima expresión de la creación y al mismo tiempo
estamos aún en proceso de crecimiento».
Friedrich Nietzsche
LOS ARBOLES DE NUESTRAS AVENIDAS
Qué frágiles los árboles de nuestras avenidas.
Los transeúntes pasan de largo sin respirar sus frondas.
Sofocantes malezas de metal calcinante
les arrancan de tajo su follaje.
Cambiamos sus espacios por estacionamientos.
Qué frágiles los árboles de nuestro vecindario
expuestos a la autoridad del hombre de la esquina.
En cada rama ve la sombra que oscurece su jornada
y se apresura para estrenar el hacha.
Qué frágiles los árboles, ni tan nuestros ni tan árboles.
Los dejamos morir en las aceras,
consumiéndose lento hasta la última gota de sus ramas.

Porque si fueran nuestros y árboles, amaríamos su verdor,
reclamaríamos su textura y colorido.
Estaríamos pendientes del nacimiento de sus flores.
Abrazaríamos en silencio cada tarde que los cubre.
Seríamos un poco pájaros que, cantando, los alegran.
O golondrinas, que copulan en el aire
O cuidaríamos nuestros huevos en sus ramas,
como hacen los vencejos, los colibríes y los zorzales.
Pero sólo somos transeúntes de las calles bajas,
de los barrios grandes, de las viejas urbes.
Veremos los árboles, si acaso,
al desaparecer el último.
DICEN QUE LA COMUNIDAD NO EXISTE
Dicen que una comunidad no existe
porque no han visto sus raíces enlazarse con ternura.
Dicen que una comunidad no siente
porque han dejado de oír el suave murmurar de sus caricias
en otoño…
Dicen que una comunidad vegetal no es para siempre
porque no han sido cobijados por sus ramas
y han dejado olvidados sus primeros recuerdos…
Dicen que una comunidad no es ni siente
porque no la ven jugar, reír ni defenderse…
De tanto en tanto la asaltan mentes enfermizas,
plagas efímeras,
polución,
nieve,
incendios,
destazadores de maderas…
Mas la comunidad arbórea guarda sus semillas
dentro de la tierra y espera…

POEMA DEL ÁRBOL DE ANTONIO MACHADO.-La gracia de tu rama verdecida
Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento…
Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.
Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.
Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.
Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.
No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.
Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…

A un olmo seco. Antonio Machado
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Las encinas. Antonio Machado
¡Encinares castellanos
en laderas y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas;
humildad y fortaleza!
Mientras que llenándoos va
el hacha de calvijares,
¿nadie cantaros sabrá,
encinares?
El roble es la guerra, el roble
dice el valor y el coraje,
rabia inmoble
en su torcido ramaje;
y es más rudo
que la encina, más nervudo,
más altivo y más señor.
El alto roble parece
que recalca y ennudece
su robustez como atleta
que, erguido, afinca en el suelo.
El pino es el mar y el cielo
y la montaña: el planeta.
La palmera es el desierto,
el sol y la lejanía:
la sed; una fuente fría
soñada en el campo yerto.
Las hayas son la leyenda.
Alguien, en las viejas hayas,
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas.
¿Quién ha visto sin temblar
un hayedo en un pinar?
Los chopos son la ribera,
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye,
viva o lenta,
que se emboca turbulenta
o en remanso se dilata.

En su eterno escalofrío
copian del agua del río
las vivas ondas de plata.
De los parques las olmedas
son las buenas arboledas
que nos han visto jugar,
Cuando eran nuestros cabellos
rubios y, con nieve en ellos,
nos han de ver meditar.
Tiene el manzano el olor
de su poma,
el eucalipto el aroma
de sus hojas, de su flor
el naranjo la fragancia;
y es del huerto
la elegancia
el ciprés oscuro y yerto.
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
Solo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
impasible, casta y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural
de los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa;

encinas de Extremadura,
de Castilla, que hizo a España,
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo que serpea
por el suelo toledano;
encinas de junto al mar
en Santander, encinar
que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tú, encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo,
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana!…
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles,
y os cantaron los poetas
augustales,
que os asordan escopetas
de cazadores reales;
mas sois el campo y el lar
y la sombra tutelar
de los buenos aldeanos
que visten parda estameña,
y que cortan vuestra leña
con sus manos.

Antonio Machado. Los olivos
¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!
Son las tierras
soleadas,
anchas lomas,
lueñes sierras
de olivares recamadas.
Mil senderos. Con sus machos,
abrumados de capachos,
van gañanes y arrieros.
¡De la venta del camino
a la puerta, soplan vino
trabucaires bandoleros!
¡Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares!
¡Olivares coloridos
de una tarde anaranjada;
olivares rebruñidos
bajo la luna argentada!
¡Olivares centellados
en las tardes cenicientas,
bajo los cielos preñados
de tormentas!…

Olivares, Dios os dé
los eneros
de aguaceros,
los agostos de agua al pie,
los vientos primaverales,
vuestras flores racimadas;
y las lluvias otoñales
vuestras olivas moradas.
Olivar, por cien caminos,
tus olivitas irán
caminando a cien molinos.
Ya darán
trabajo en las alquerías
a gañanes y braceros,
¡oh buenas frentes sombrías
bajo los anchos sombreros!…
¡Olivar y olivareros,
bosque y raza,
campo y plaza
de los fieles al terruño
y al arado y al molino,
de los que muestran el puño
al Destino,
los benditos labradores,
los bandidos caballeros,
los señores
devotos y matuteros!…
¡Ciudades y caseríos
en la margen de los ríos,
en los pliegues de la sierra!…
¡Venga Dios a los hogares
y a las almas de esta tierra
de olivares y olivares!

Canción de los olivos. De Carlos Javier Morales
Sé bien qué melodía
cantan hoy los olivos.
Sí, lo sé: la escucho plenamente
cuando te veo a ti junto a sus copas.
¡Qué respirar más hondo les infundes!
Allí donde te acercas,
los olivos y yo
respiramos igual que tú respiras.
¡Oh dulce melodía
del mundo que has creado!

Al Ciprés de Silos. Gerardo Diego
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi, señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

Los árboles. Cristino Gasós
A los niños
La cuna en que nuestra madre
nos mece en la edad primera,
la lumbre de los hogares
de las risueñas aldeas,
el techo que nos cobija,
los muebles que nos rodean,
las flores que nos perfuman,
los frutos que nos sustentan,
los libros en que estudiamos
y el arca en que nos entierran;
son producto de los árboles
que veis crecer por doquiera.
Unos nos dan el carbón
que resulta de su quema;
otros nos dan las resinas
y gomas de sus cortezas;
éstos prestan a la Industria
el corcho que les rodea;
aquéllos dan medicinas
que calman nuestras dolencias;
algunos sirven de pasto
a los gusanos de seda;
no pocos nos suministran
sus colorantes materias;
varios nos dan el papel
de que se sirve la imprenta;
muchos producen las frutas
sabrosas que nos deleitan;
una infinidad de ellos
nos ofrecen las maderas
que inteligentes artistas

Trabajan y pulimentan
Para construir los muebles
y decorar las viviendas
y hacer los miles de objetos
que se fabrican con ellas;
todos nos dan sus perfumes
y delicadas esencias
cuando se visten de flores
al llegar la Primavera;
y aquel que menos produce,
el más pobre de la selva,
nos da en verano su sombra
y en el invierno su leña.
En ellos cantan los pájaros
sus armoniosos gorjeos,
y tejen sus lindos nidos
el ruiseñor y el jilguero.
Bajo ellos duermen la siesta
el zagal y sus corderos,
y jugueteáis vosotros
y hacen oración los viejos;
y, a su sombra, en el verano,
y, a su abrigo, en el invierno,
descansan de sus fatigas
nuestros sufridos labriegos.

Ellos encauzan los ríos
que de sus cauces salieron;
ellos calman y moderan
el ímpetu de los vientos;
y son imán de las lluvias,
y enriquecen los terrenos,
y purifican la atmósfera,
y son el sostén del suelo
Cuando lluvias torrenciales
amenazan removerlo,
y evitan de los aludes
los perniciosos efectos,
y son filtro de las aguas
que manan las fuentes luego,
y dan belleza al paisaje,
oxígeno a nuestros pechos,
placidez a nuestras almas
y vigor a nuestros cuerpos.
Ya que los árboles son
tan generosos y espléndidos
que tantas cosas nos dan
lo mismo vivos que muertos,
tratadles, queridos niños,
con cariño y con respeto,
y nutrirles con abonos
y calmad su sed con riegos:
que ellos tienen hambre y sed
Como nosotros tenemos.

Así les demostraréis
vuestro reconocimiento;
os tendrá la sociedad
por ciudadanos modelos;
cumpliréis con vuestra patria
los deberes que tenemos
de acrecentar su riqueza
y fomentar su progreso; seréis fuertes como robles,
vigorosos como cedros,
gentiles como palmeras,
diligentes como almendros,
provechosos cual naranjos
y alegres como cerezos;
y no seréis alcornoques,
ni membrillos ni canelos.