El problema básico del concepto de democracia participativa es la disyuntiva de cómo reconciliarle con el gobierno de la mayoría. Sir Arthur Lewis, laureado con el Premio Nobel, señaló en una de sus obras que todos aquellos afectados por una decisión deben tener la oportunidad de participar en el proceso de tomar esa decisión, ya sea en forma directa o mediante representantes electos.

Esto implica que en esa “oportunidad de participar” se tomen decisiones mayoritarias dentro de un concepto de consenso nacional en cuestiones relativas a principios básicos y derechos humanos. Esto no excluye el pluripartidismo sino que busca en la diversidad y el debate una política consensual con pleno respeto a las minorías.

La democracia participativa auténtica hace énfasis muy especial en dar voz a los individuos y a las comunidades, cuyas opiniones, anhelos y aspiraciones rara vez hallan eco o atención en los mecanismos tradicionales de la democracia representativa.

La participación que se desarrolla por diversos medios en muchas democracias modernas está comenzando a consolidarse dentro del ámbito de la democracia representativa como una nueva manera de hacer las cosas. La participación no ha de limitarse, sin embargo, a que las autoridades locales y otros organismos públicos informen a la población de sus actividades y decisiones o inviten a los ciudadanos a presenciar sus debates, sino que implica escuchar a la población en la formulación de sus propios problemas y en la búsqueda de oportunidades y mejoras. Además, es indispensable proporcionarles los medios para encauzar una acción política, social o económica y participar en las decisiones públicas con propósitos de cambio

Participación en el Control de la Ejecución: Mediante modalidades y mecanismos que permitan verificar el desarrollo del proceso, para apoyarlo, corregirlo, mejorarlo o rechazarlo.

Las soluciones de cada grupo humano sobre el mecanismo que permita canalizar las iniciativas populares pueden ser tan diverso como los intereses y la idiosincrasia de cada pueblo.

Los principales efectos positivos que tendría este sistema político si se pusiera en práctica según sus defensores son:

Aprovecha las experiencias y la capacidad de todos

. La sociedad funciona mediante una red que interrelaciona al gobierno, las diversas comunidades, los grupos de intereses, los sectores y las instituciones. Además, los ciudadanos tienen un conocimiento mucho más íntimo a nivel local de las necesidades de la población que ningún grupo de políticos desde un gobierno altamente centralizado.

Promueve la legitimidad

Las instituciones, los organismos sectoriales, las empresas y los gobiernos acabarán por apreciar que tienen mucho que ganar en confianza, apoyo y colaboración de parte de los ciudadanos si los incluyen de alguna forma en sus decisiones. Los propios ciudadanos tienen una mayor facilidad de promover iniciativas destinadas a hacer más eficaz el medio en que se desenvuelven.

Desarrolla nuevas capacidades.

La participación desarrolla la capacidad de las personas de trabajar en colaboración con los demás, de identificar prioridades y de lograr que las cosas se hagan y los proyectos se realicen. La actividad participativa los convierte así en mejores ciudadanos.

Los principales efectos positivos que tendría este sistema político si se pusiera en práctica según sus defensores son:

Mejora la calidad de vida.

Estudios realizados por economistas, sociólogos y psicólogos han demostrado que las personas que participan en la toma de decisiones son más felices que los que se limitan a aceptar o aplicar las decisiones de otros, debido a que se sienten responsables del mejoramiento de su calidad de vida. Además, la participación brinda al ciudadano una oportunidad de mayor eficacia en la colaboración.

La cultura popular tradicional constituye motivo de participación comunitaria, donde emergen valores, tradiciones, memoria histórica, costumbres, que pasan de generación en generación para convertirse en verdadero patrimonio, como conjunto de experiencias tiene una forma de asimilación no académica.

Es importante destacar el papel que juega el imaginario popular donde se va a sedimentar, para ir conformando la memoria histórica en una comunidad, nación o región determinada. La cultura popular tradicional como mecanismo de consecutividad es de suma importancia en la formación, desarrollo y preservación de los valores identitarios. Esta deviene medio, espiritual y material del conocimiento de la historia, la identidad y de reconocimiento de cada individuo o comunidad humana con su cultura.

Es por ello por lo que la conservación de las costumbres, hábitos, formas de vida, puede lograrse a partir de una mayor concientización en la comunidad y en los actores sociales que a él se encuentran vinculados, para la auto realización de la comunidad desde la potenciación de la cultura como factor del desarrollo. En este sentido resultan esenciales la enseñanza, promoción y aplicación de acciones para educar a la comunidad en una cultura de amor por mantener sus tradiciones.

Costumbres, mitos y tradiciones constituyen legados culturales heredados y trasmitidos de generación en generación por lo que:

La tradición es el reflejo de la actividad material y espiritual del hombre, que por la dignificación histórica que adquiere dentro de las relaciones sociales en un contexto determinado más o menos local, es estructurada, asumida y expresada a través del proceso histórico y se constituye en uno de los principales medios de construcción de significados y dinamización de estos y en la vida objetiva para la formación de valores, especialmente en el plano de las actividades pedagógicas

La necesidad de participación de la población en la gestión del medio se ha señalado como un elemento muy importante en el momento de decidir cuáles son las alternativas más viables desde el punto de vista ecológico, económico y social.

Creando apoyo público suficiente y activo en relación con las medidas emprendidas a favor de la diversidad ecológica y paisajística implicando a propietarios públicos y privados, a la comunidad científica y a otros individuos y grupos cívicos usuarios de los recursos  a través de procesos de toma de  decisión mediante los medios de comunicación y la inclusión de estos temas en los programas educativos».

Jardines de Murillo .-Sevilla

La protección de los jardines, en sentido estricto, debe referirse a aquellos lugares claramente connotados por sus valores patrimoniales (naturales o culturales), en el resto de la ciudad deben prevalecer los criterios de gestión y ordenación, aunque manteniendo las exigencias protectoras sobre sus aspectos constitutivos más básicos (controlando la contaminación y la erosión, facilitando su accesibilidad, evitando su descaracterización, etc.).

En todos los jardines existen elementos dignos de protección por sí mismos (especies de árboles centenarios o singulares, sistemas tradicionales de riego, arquitectura o edificios catalogados, prácticas y manifestaciones sociales de interés etnológico o cultural, etc.) muchas veces valorados como signos de identidad por sus habitantes pero desprovistos de cualquier medio de protección.

En todos los jardines se encuentran hechos que pueden potenciar su singularidad, que deben ser identificados como propios de su carácter y potenciados mediante una gestión u ordenación adecuadas.  Los jardines son síntesis idealizadas de la naturaleza, resumen urgente del universo conocido. A través de los jardines, de su diseño y concepción, de sus especies florísticas resaltadas, de sus funciones principales y complementarias, es posible hacerse una idea de la percepción del medio que poseían sociedades históricas y de los valores que se le asignaban al entorno natural.

El conocimiento, y la recuperación en su caso de ese patrimonio, permitirá interpretar de manera indirecta las relaciones de la sociedad con su medio ambiente.

Las circunstancias históricas y las condiciones geográficas han potenciado una gran variedad de tipologías de jardines en Andalucía, prácticamente inéditas en el resto del continente europeo.

Los jardines de los que se tienen noticias más antiguas, aunque ninguno ha llegado a nuestros días, son los jardines romanos.

Los jardines romanos se ubicaban fundamentalmente en el interior de las viviendas, independientemente o formando parte de patios cubiertos. En sus suelos eran frecuentes los mosaicos decorados con motivos geométricos o naturalísticos. La integración con el resto del hogar se llevaba a cabo a través de peristilos y pórticos que comunicaban con las habitaciones. A través de las fuentes históricas se conoce de la existencia de numerosos jardines en la ciudad de Itálica (Sevilla). Las especies que se cultivaban aún se encuentran con cierta frecuencia en los jardines actuales: mimosas, acantos, anémonas, bojes, cipreses, laureles, higueras, mirtos, narcisos, palmeras, plátanos, álamos, chopos, rosas, etc.

A continuación, salvando la laguna informativa existente para el periodo de dominación visigoda, se tiene un mayor bagaje de información literaria sobre los jardines árabes, quizás los que más profunda influencia han dejado posteriormente en la historia del jardín andaluz; conservándose incluso alguno de ellos hasta la actualidad.

Los jardines árabes estaban muy extendidos por las ciudades musulmanas, sirviendo a distintas funciones: de uso público como los de los patios de ablución de las mezquitas (los famosos patios de naranjos) o los que se disponían de forma escalonada junto a las murallas para las concentraciones públicas; o de uso privado: en las viviendas, palaciegos, de cementerios o funerarios, botánicos, y de parques, éstos últimos normalmente dedicados a reservas de caza.

En los jardines árabes destaca la mezcla de la arboricultura de subsistencia y de las plantas ornamentales, mediante lo que cumplen una función tanto productiva como dé lugar de ocio y recreo. Otro aspecto importante es la formalización del espacio del jardín como un lugar de ensueño y descanso; en el jardín terrenal se intenta plasmar la ideología del Islam relativa a la representación del Paraíso como un Oasis, poblado de vegetación, y donde la sombra, el agua y el frescor del aire contribuyen a crear un ambiente agradable.

Celtis-australis-en Medina Azhara

Fundamentalmente, los jardines adoptaron una doble tipología; por una parte, el jardín doméstico era de pequeño tamaño y disponía de arrayanes, árboles y arbustos de reducido tamaño, regados mediante un saltador de agua a partir de una alberca. Por otra, el jardín de crucero constaba de una cruz central en alto, que actuaba como pasillo para pasear las personas y por donde discurrían las acequias de riego. Esta cruz dividía al jardín en cuatro sectores rehundidos en el suelo (al menos dos metros), donde crecía la vegetación. Esta técnica estaba dirigida, fundamentalmente, a la retención de humedad.

Los historiadores distinguen diversos momentos en la historia del jardín árabe, del que quedan aún algunas muestras significativas: periodo del Califato cordobés (Patio de la Mezquita de Córdoba -quizás uno de los más antiguos de toda Europa- y el restaurado jardín de Medina Azahara); periodo de dominación almohade y almorávide (parte de los jardines del Alcázar sevillano); periodo Nazarí (Jardines de la Alhambra).

La influencia del jardín árabe se mantuvo, sin embargo, en los siglos posteriores, dando lugar a tipos de jardines mixtos: jardín morisco, jardín renacentista de influencia árabe, etc.

Los jardines renacentistas, típicos de los siglos XVI y XVII, se conciben como un intento de ordenar y configurar un fragmento de la naturaleza, adaptándola a principios arquitectónicos. En ellos tiene gran importancia la disposición monumental, siendo frecuentes las fuentes con estatuas, fantasías escultórico-vegetales, etc. Su ubicación mayoritaria fue la de los claustros de los monasterios e iglesias y los patios palaciegos. El Jardín del Príncipe del Alcázar de Sevilla es una muestra significativa de este estilo.

Los jardines de los siglos XVIII y XIX mantienen un gran eclecticismo en su estilo, ya que aunque predomina la influencia del jardín renacentista, en algunos casos se incluyen elementos de otros estilos de jardines frecuentes en Europa (jardines neoclásicos y románticos; jardín francés e inglés). Por su forma y función se pueden distinguir varios tipos:

Jardines Botánicos: Se crearon con fines científicos, para aclimatar árboles y plantas exóticas traídas de las Colonias Americanas y de otros países del Ultramar, que pudieran posteriormente emplearse para la agricultura o repoblación forestal. Están vinculados al espíritu renovador del Siglo de Las Luces y fueron promovidos, en muchos casos, por las Sociedades de Amigos del País, fundaciones de esta época para el fomento económico y social, difusoras del espíritu ilustrado. En numerosas localidades del litoral andaluz se crearon estos jardines, especialmente en las provincias de Cádiz y Málaga. También los hubo en Sevilla.

Alameda de Hercules-zocaloen ceramica

Alamedas y Paseos: Forman parte de los proyectos de regeneración urbana que, con una mentalidad higienista de influencia claramente francesa, desarrollaron los políticos reformadores en estos siglos. Están situados, por lo general, fuera de los recintos amurallados, en los márgenes de los ríos y en los bordes de los principales caminos. Tuvieron una importante función como lugares de encuentro y convivencia social, donde se celebraban ferias, carnavales, etc. Presentan, generalmente, una disposición axial, articulada a través de la alternancia de hileras de árboles, fuentes y bancos. Casi todas las grandes ciudades andaluzas conservan algún jardín de este estilo en la actualidad.

Plazas Públicas: Responden a la mentalidad higienista anteriormente citada y, también, a la creación de nuevos espacios libres como consecuencia de la desamortización de bienes civiles y eclesiásticos de muchos núcleos urbanos. Un monumento o fuente en el centro de la plaza y bancos y árboles a su alrededor suelen ser elementos frecuentes en este tipo de jardines, de tamaño normalmente reducido.

Salones: Tienen una clara influencia francesa y se conciben como lugares ajardinados de paseo y estancia, normalmente vinculados a palacios o residencias de personas de elevado rango social y, por tanto, de carácter privado. Algunos de estos salones se han convertido en jardines de uso público, normalmente de tamaño pequeño o mediano, y han llegado a nuestros días; por ejemplo, los de las Delicias y los de María Cristina en Sevilla.